SIN RUMBO

Relato con origen : Castronuevo de los Arcos

“Me voy de fiesta” – dijo- y sin encomendarse a nadie, cogió la chaqueta y salió dando un portazo sin saber dónde le llevarían sus pasos.

Había llegado a un punto en el que nada le satisfacía: ni el trabajo conseguido a fuerza de sacrificio en el bufete de su padre, nunca por enchufe, sino ganado a pulso; ni el futuro que se abría ante él, con una novia que conocía desde el instituto, cuyos padres eran amigos de los suyos, un piso de soltero en la mejor zona de la ciudad y el futuro previsible que le esperaba y que sería un calco de la vida de sus progenitores: fiestas, eventos, reuniones, viajes, y mucha vida social.

No dejaba de resultar tentador si no fuera porque él aborrecía todo aquello, lo había visto y sufrido desde pequeño: su padre fuera de casa todo el día, su madre atareada en tareas improductivas: fiestas, tómbolas o comidas para recaudar fondos en favor de los necesitados (¿quiénes eran esos necesitados? Nunca lo supo) y, mientras tanto, él había sido cuidado por una niñera que era lo más parecido a la madre que no tuvo.

Llevaba menos de un año en el bufete y estaba harto. No quería reproducir una vida ya marcada de antemano. Apenas había viajado por su cuenta y se moría por salir de aquel entorno donde todo estaba establecido. Aquel fin de semana se dedicó a pensar y, al fin, tras varias noches en vela tomó una decisión que le iba a acarrear consecuencias funestas.

Lo primero que hizo fue hablar con Olivia, su eterna novia; ella estaba encantada con el futuro que le esperaba, aunque no se había parado a pensar si quería a Mauro. Él la puso al tanto de su situación: no quería compromisos, anhelaba ver mundo, alejarse un tiempo y luego, si volvía, vivir la vida que quisiera, no la que otros le habían proyectado. Aunque Olivia se sintió desconcertada, la noticia no le supuso demasiado disgusto, porque en el Club de Campo había echado el ojo a otro candidato que parecía una buena opción.

La reunión con sus padres fue mucho más complicada. Su padre le auguró que perdería su puesto y con él su futuro en el despacho; le acusó de desagradecido e incluso se permitió amenazarle. La madre, siempre en perfecto estado de revista: peluqueada, enjoyada y perfumada, apenas hizo una breve alusión de que les pusiera al tanto de si le iba bien.

Tras resolver sus asuntos en el bufete, recogió sus pertenencias, alquiló el piso y se embarcó en un viaje sin rumbo recorriendo diferentes lugares y conociendo gente nueva. Un año más tarde vivía en una pequeña región apartada del mundo donde ayudaba a una ONG haciendo un poco de todo y descubriendo algo en lo que nunca pensó: era feliz, no necesitaba más.
Mª Soledad Martín Turiño