EL NIÑO DE LA BOLA

Relato con origen : Muelas del Pan

Hace ya muchos años, vivía una señora oriunda del Valle del Río Manzanas. Esta persona se hizo monja y vivía en uno de los muchos conventos que existían (actualmente, aún existen) en la ciudad de Zamora. Esta señora era una amante de la figura del Niño Jesús. Y, en cierta ocasión en que viajó a Madrid, vio una talla del mismo que le gustó mucho. Tenía en su mano una bola y parece ser que esto representaba la protección y el dominio sobre todo el planeta Tierra y sus habitantes. La monja compró la figura y la regaló a la iglesia de Santiago Apóstol de Muelas del Pan, en la provincia de Zamora. Como ella no vivía en el pueblo, encargó a una hermana suya residente allí el cuidado en limpieza y mantenimiento de la imagen. Tuvo que hacerse cargo de vestir al niño y hubo muchas personas que se asociaron en torno a la imagen. El lugar donde lo instalaron fue un altar, en la parte derecha de la nave eclesial, a la derecha según se entra, después de la pila del agua bendita.
En los primeros momentos, la hermana de la monja se hacía acompañar por su hijo pequeño, que miraba con curiosidad al “Niño de la Bola”. Le parecía que, estuviera donde fuese, siempre le miraba a él. De tal manera, que llegó a considerar que la imagen era su amiga y que tenía trazas de comprender a los que la miraban.
Fueron pasando los años y Agopo, que así se llamaba el niño (y así se llama, aunque ahora sea un anciano), de vez en cuando, iba con su madre a visitar al Niño de la Bola. Mientras su madre lo vestía y limpiaba, él miraba de reojo. Y siempre se encontraba con la mirada del Niño de la Bola. Agopo llegó a pensar que la imagen estaba impregnada de vida por la mirada permanente que le hacía. En pensamientos, Agopo charlaba con El Niño y hasta le parecía en su mente que éste le respondía.

II
En cierta ocasión, los padres de Agopo vendieron una ternera a un tratante de esos que iban por los pueblos y que solían engañar a los confiados ganaderos. En esta ocasión, se apalabraron por el precio de la ternera. El tratante se llevó la ternera, pero no soltó los cuartos ni hoy ni mañana. Ante esta situación de mala fe, el ganadero lo denunció y al tratante le quitaron la bicicleta que era una bicicleta muy elegante y robusta. El pago no parecía del todo justo, pero mejor es algo que nada. La bicicleta de los padres de Agopo servía a un hermano suyo, algo mayor que él, para ir a trabajar en una empresa local de servicios múltiples. Era una empresa que se dedicaba a la construcción de remolques, al transporte y a la construcción de la base de las torretas. El personal era intercambiable y el puesto de trabajo podía estar en uno u otro sitio. De ahí la utilidad de la bicicleta para el hermano de Agopo.

III
Un día, en que había varios festivos seguidos y la bicicleta estaba aparcada en un rincón de la casa, Agopo aprovechó para montar en ella y aprender. Por su estatura, tenía dificultades para montar por encima de la barra, estaba todavía en edad de crecimiento. Lo cierto es que, siendo por la tarde, tomó la bicicleta y se fue al descampado del pueblo, a una zona de cuesta en la zona de las eras donde estaban los “muradales” (muladares). Y allí se explayó, yendo y viniendo en el horizontal de la pradera. Ya casi estaba cansado de tanto montar y quiso regresar a casa, para lo cual en la pradera había una cuesta abajo. No hizo falta darle pedales y, hasta ese momento, no había utilizado los frenos. La bicicleta se embaló más y más y no había forma de pararla. Al fondo de la cuesta, había unos peñascos que afloraban del suelo y, como si tuvieran un imán, la bicicleta se dirigía ellos sin torcerse. De poco le valía a Agopo querer parar o desviarse, no había manera. La bicicleta iba derecha y derecha a los peñascos. Y llegó, vaya si llegó. ¡Y a qué velocidad! El resultado es que las ruedas quedaron dobladas, el manillar torcido, los pedales se salieron… de tal forma, que la bicicleta parecía un amasijo de chatarra. Los golpes que sufrió Agopo fueron morrocotudos. Aunque exteriormente no aparentaba estar herido, los moratones le salieron en el pecho, rodillas y hombros. Todo quedaba debajo de la vestimenta y nadie se percató de que estaba herido, si es que alguien lo vio. Medio a escondidas, cogió la bicicleta a hombros y la llevó a casa. La puso en su sitio, algo escondida, y nadie notó nada.

IV

Aquella noche durmió bajo el terror de la pesadilla de la bicicleta y el miedo a la tunda que le iba a proporcionar su padre cuando viese el estado de la misma. Le pidió al Niño de la Bola que le echara una mano y se durmió. Se durmió profundamente.
Por la mañana, cuando despertó, ya todos estaban levantados y lo llamaron dormilón. Él, muy extrañado del estado de jovialidad de la gente, lo primero que hizo fue ir a ver la bicicleta. ¡Sorpresa! La bicicleta estaba intacta y brillante como si la hubieran lavado y abrillantado. Pensó que había soñado, pero al hacer movimientos bruscos con las piernas notó que tenía heridas en las rodillas, hombros y el pecho. ¿Quién demonios habrá reparado la bicicleta, puesto que es cierto que me caí y estoy lleno de heridas?
Aquel día era festivo y era obligado ir a misa. Agopo lo primero que hizo, después de pasar la pila del agua bendita, fue acercarse a la imagen del Niño de la Bola. Vio que éste lo miraba y parecía sonreírle. Agopo pensó: “Ya sé quién ha sido el que me ha librado de la tunda”. Y, desde entonces, solamente va a la iglesia del pueblo para rendirle visita y mirar al Niño de la Bola que, como siempre, no le quita el ojo y le Sonríe.

Estulano (Muelas del Pan, verano de 2021)