VAMOS A POLLOS

( relato ) con origen : Gallegos del Pan

A finales de los años 60 y principios de los 70, los niños no se parecían a los de ahora ni en los nombres, todavía existía la influencia de los abuelos, los padrinos y el santoral que era valido para cuando ni unos ni otros llegaban al acuerdo en imponer el nombre de los hijos a unos padres, que por aquel entonces conocían bien el oficio de aumentar la población. Era normal que las familias tuvieran tres, cuatro o cinco hijos y tanto el padre como la madre bastante hacían con verlos a las horas de las comidas, el resto del tiempo, ellos campaban a sus anchas por las calles polvorientas en verano y embarradas en invierno. Igual se les veía en el arroyo cogiendo ranas, que por las rastrojeras corriendo los pollos de perdiz. Se movían al unísono con los elementos, interpretaban a la perfección los cambios de las estaciones y conocían la naturaleza igual que el astuto zorro que depende de ella.

Su mundo era el viento, el sol, el agua, los árboles, las praderas, los tesos, la helada, el frío, los nidos, las ranas, los pájaros, el melonar, los almendros, las higueras, los pinos, las acederas, las sobarbajas, las uvas, ¡el campo!, ¡la libertad del aire!, este mundo era su vida. Cada amanecer traía a sus pequeñas vidas, una nueva aventura, un juguete infinito donde desarrollar su imaginación y su conocimiento de la naturaleza.

- ¡Oye “Chupa”! ¿porque no vamos mañana a pollos? He visto un bando en Valcerbal y otro en Valcameñas “el Grande”, y va a hacer calor.

- Hay que decírselo a Emilio, a Heliodoro, al “Tragedias”, a Ángel, y a Juan Carlos. Aunque, ¿podíamos quedar esta noche para ir a pájaros con la escopeta por los huertos?
- No se si me dejaran.
- Bueno, quedamos a las once, yo llevo la escopeta y la linterna. Si tiene tu madre una pila de petaca que te la deje.
- Vale. Yo se lo digo a Heliodoro, al “Tragedias” y a Juan Carlos.

Habíamos estado toda la tarde a ranas en el arroyo que viene del “prao de arriba” con la escopeta y el tirachinas. En Agosto el agua no corría por el regato, pero se formaban grandes charcos que se iban reduciendo de tamaño a medida que el calor aumentaba con el paso del mes y de la misma forma parecía multiplicarse el numero de ranas, concentrándose en los pocos que quedaban. El arroyo estaba tapizado con un manto de berrazas verdosas en las cuales las ranas tomaban baños de sol y se exponían a nuestra acción predadora, no solíamos cebarnos con las que dormitaban sobre ellas, en el centro, pues casi siempre resultaba imposible cogerlas una vez que habíamos acertado el tiro. Éramos mas amigos del acecho en las orillas, pisando despacio, arrastrándonos si era necesario y levantando la vista en el ultimo momento cuando habíamos sorteado el obstáculo de las junqueras, el animal entonces, si no se decidía a saltar al agua, era nuestro.

Que orgullosos íbamos con el botín atado a un junco y que contentos se ponían los gaviluchos cuando se las echábamos al atardecer, entonces nos quedábamos boquiabiertos viendo como nuestros juguetes las despedazaban.

- ¡Heliodoro! ¿vienes esta noche a pájaros a los huertos?
- ¡Vale!

Heliodoro bajaba con la burra del ramal a la laguna, a darle agua y después tenia que llevarla a la era y a trillar con las mulas.

- ¡Ven conmigo a la era! y trillamos que ya queda poco para acambizar.
- Voy a dejar las ranas y bajo.

Daba gusto aspirar el aroma del atardecer en la era, a esas horas de la tarde el sol estaba a dos palmos del horizonte del llano “El Cuerno”, acariciando el teso. La paja molida, la tibieza de la temperatura, las incipientes sombras y los sonidos lentos y largos del paso de las mulas te envolvían en una paz inmensa.

Trillábamos dando vueltas y mas vueltas sentados en un tajuelo de tres patas que iba sobre el trillo. Era nuestro primer encuentro con la velocidad, con el movimiento controlado por nuestras pequeñas manos, con la satisfacción de sentirnos con el dominio de los animales.

- ¡Heliodoro! Sube ya la burra “pa” casa ¡Venga! Que vamos a acambizar.

La parva era inmensa. Enormes dunas blancas llenaban las eras, estas crecían y crecían a medida que día a día se aparvaban las trillas.

A las once ya estábamos en el huerto de Bernardino. Los negrillos eran altos, delgados y crecían muy juntos, tanto que al pasar entre ellos había que hacerlo con mucho cuidado para no tocarlos, pues con el más leve movimiento los pájaros se espantaban. Entrábamos brincando la tapia, sin hacer ruido, con las linternas apagadas hasta estar todos dentro.

El corazón nos golpeaba el pecho, la oscuridad imponía y el temor a que nos pillaran allí, también.

El calor de la noche, obligaba a los pájaros a dormir en las ramas más altas, pero eso no era obstáculo para que Jesús fallara un tiro con su escopeta de perdigones. Tenia una habilidad innata, inalcanzable para el resto, en la mano izquierda, la linterna enfocando los pájaros, la escopeta apoyada en el hombre de uno de nosotros y la mano derecha sobre el gatillo, nunca erraba. Fue un espectáculo verle disparar sobre cinco pájaros posados en la misma rama y verlos caer uno tras otro. Ya no vive, Dios lo quiso para el.

Del huerto de Bernardino, nos íbamos al del señor Ildefonso, de allí al de Heliodoro, al del señor Macario, al de Benigna, a los pozos de las eras, al del señor José, al pozo de Bernardino…. Era el recorrido ordinario, si se daba bien, podíamos coger cerca de cincuenta pardales, que nos servirían para preparar una merendola. Casi siempre era Polonia, la madre de “ el Chupa” la que nos la preparaba, fue siempre una bendición de madre para sus hijos.

- Bueno, mañana después de comer en casa de “Chupa”, salimos por las bodegas a Valcameñas.
- Vale.

Con esto nos despedíamos en la negrura de la noche, con el cielo cuajado de estrellas y con las diminutas luces del pueblo al fondo. Nadie estaba cansado, pero había que volver a casa, aun cuando las calles rebosaban vida a media noche, con gran cantidad de gente tomando el fresco.

Al mediodía, el calor era nuestro, nos acompañaba como un amigo y nos obligaba a tumbarnos en las sombras, mientras nos esperábamos unos a otros.

- ¿Dónde iras con el calor que hace?
- ¡Si te mandaran!

Estas palabras a pesar de que se repetían todos los días, no eran impedimento para disminuir el ímpetu por disfrutar la aventura que se avecinaba. Salíamos por el camino de Valcameñas.

- Los pollos seguro que están en el bacillar de Benigna, vamos a echarlos “pa” bajo, ”pa” Valcameñas el Grande.

Dejamos el camino en los charcos secos que había a mitad del camino, subiendo por las rastrojeras de la izquierda y bajando la ladera cuando tuvimos el bacillar junto a nuestra derecha. Una mirada tranquila de aquel pago habría sido digna de ser plasmada en una acuarela para goce y deleite de nuestra vista después de los años transcurridos. Las lindes del bacillar estaban flanqueadas por inmensos chopos, altos y rectos como velas que formaban un ángulo agudo, encerrando las vides, al fondo un gran nogal, y detrás de él, la ladera que llegaba hasta el teso del camino “la cenia”, cuajada de bancales, olmos y tomillos.Tenia el bacillar unas cepas de albillo que se camuflaban entre las tintas, las malvasias y las verdejas; nosotros las teníamos perfectamente localizadas, siempre éramos los primeros en probarlas.

Nada mas entrar en el, diez o doce perdices salieron de debajo del nogal, dando un gran vuelo hacia los chopos de Valcameñas “el Grande” y hacia el bacillar de Evasia que esta al lado. Nosotros corrimos como galgos para ver donde se tiraban. El calor apretaba y no darían nada más que otro vuelo si nos dábamos prisa en volver a levantarlas. Cortamos por la parte de abajo del prado, para echarlas valle arriba y para el teso Mirazamora. El ir de frente nos supondría echarlas a Valcerbal y perderlas, pues no veríamos donde se tiraban, ese rodeo nos suponía el tener que correr mas distancia y hacerlo más deprisa. Jesús y Emilio iban por delante, los demás, mimetizando sus pasos, sus saltos por encima de los terrones de los barbechos colindantes al prado y estableciendo entre todos un amplio abanico que nos permitiera volver a levantar a la mayoría de los pollos. Echamos de nuevo a seis o siete perdices hacia el teso, no paramos de correr, la vista fija en un pollo, donde cayera, allí quedaría, los mas de 40 grados no les permitían hacer mas esfuerzos. Brincábamos por encima de los terrones sin pestañear, sin mirar el suelo, corríamos sin lugar a duda como los mas antiguos cazadores de la raza humana, con las mismas ansias y los mismos medios, en una lucha de igual a igual, haciendo valer nuestra inteligencia. Los pollos se tiraron cerca del bacillar de Gregorio, en la tierra de Elío. Jesús nos sacaba más de veinte metros, fue el primero en llegar, se agacho una vez y cogió un pollo grande, con corbatín. Se abrió un botón de la camisa y lo metió entre ella y su piel sudorosa, hacia una bolsa perfecta con los pantalones cortos que llevaba. Siguió corriendo otros cincuenta metros y busco como un sabueso, un segundo pollo, que llevaba ojeado, yo le seguí, para entonces yo ya había parpadeado y se me había perdido el terrón donde se tiro el pollo que venia siguiendo. Nos fuimos hacia unos carrascos que había al fondo de la tierra, el por detrás, yo por delante, un pollo hostigado por “Chupa” se metió en mis manos. Emilio también cogió otro.

Bajamos con el pollo rascándonos la barriga y la espalda, andando sudorosos hacia “Valle el Herrero”, la sombra de los chopos y su frescura nos sirvieron para descansar solo un instante, pues las perdices se oían cantar al otro lado de los árboles, en el bacillar de Victoriano. Las levantamos hacia la fuente “El Tapiao”, su vuelo fue largo y se nos perdieron en una tierra llena de cardos. Aprovechamos para beber agua del caño, es la única fuente en muchos kilómetros a la redonda, su agua pura y cristalina nos sirvió para retomar nuevas fuerzas y dirigirnos a los pinos de Cayetano. Subimos a varios árboles, pues teníamos ojeados unos nidos de torcaces, los pichones todavía estaban en “cañones” y los dejamos tal y como estaban, había que esperar al menos una semana mas para cogerlos.
La cacería terminaba casi siempre en los pinos de Gonzalo, después de haber corrido dos o tres bandos de pollos y llevando para casa, casi todos nosotros las barrigas arañadas. Había entonces tantas perdices que era una bendición salir al campo a oírlas cantar, nuestra rapiña, nunca las puso en peligro. Regresábamos por el prado de la Guadaña, visitando los albillos del bacillar del señor Amador y bajábamos por el regato hacia el pueblo, cansados y contentos, muertos de sed, pero felices y orgullosos.

El tiempo que ha transcurrido no ha borrado de mi memoria el aroma, el alma, la luz, la felicidad de aquellos años. El deterioro natural, la pérdida de espacios y de gentes, la transformación de formas y modos de vida, me han servido para valorar en grado sumo aquellas maneras de vivir la infancia. Desde el juego a la amistad, desde el juego a la libertad y de esa libertad natural al conocimiento y respeto del medio en el que tuvimos la suerte de crecer y en el que tenemos la inmensa fortuna de poder seguir viviendo e irnos haciendo poco a poco mayores.

Jerónimo Cantuche Legido