FAMILIA NUMEROSA

Relato con origen : Castronuevo de los Arcos

Carmen vivía en su casa de siempre que ahora se le antojaba enorme, con muchas habitaciones cerradas; era la misma que había acogido una gran familia compuesta por su marido y sus cuatro hijos: tres varones y una chica. Cuando compraron la casa tenían la intención de llenarla con descendencia y así fue; los primeros años fueron muy duros, el matrimonio trabajaba: él en una empresa donde entró de adolescente y poco a poco había conseguido ascender hasta un puesto relativamente importante; ella en la sucursal de un banco cerca de casa.
Como no tenían familia en la ciudad, tuvieron que organizarse solos con la llegada de los hijos, primero nacieron los gemelos Ricardo y Adolfo, luego vino Carlos y por ultimo, cuando ya casi habían sucumbido a la esperanza de tener una niña, llegó Ángela y los cuatro formaron un coro infantil que colmó de alegría a los padres. Carmen pronto tuvo que dejar el trabajo porque le resultaba imposible ocuparse de su familia y era más rentable quedarse con los gemelos que llevarlos a una guardería que gastaba lo que ganaba en el banco; así fue como se ocupó de casa e hijos hasta el final.
Los niños crecieron sanos, fueron a sus respectivos colegios, consiguieron becas que aliviaron un poco la carga económica de la educación y, como eran familia numerosa, se beneficiaban además de algunos gastos en la compra de libros, matrículas…etc. Carmen hacía los deberes con ellos, cuidaba su educación e intentaba ir un paso por delante en las lecciones diarias con el fin de que los hijos llevaran ventaja en la escuela. Los chicos eran aplicados y responsables, por lo que los años transcurrieron sin preocupaciones hasta el momento de llegar a la universidad. Los gemelos, al ser los mayores, eligieron estudiar sendas carreras en el mismo recinto universitario; sin embargo, cuando llegó el turno de Carlos, que era menos aplicado que sus hermanos, dijo a sus padres que prefería tener una profesión manual que una carrera superior; así que entró en la Escuela Politécnica y estudió Electricidad y Electrónica.
Ángela, la pequeña, fue quien acompañó a su madre durante muchos años mientras sus hermanos estudiaban. La diferencia de edad con ellos permitía a Carmen disfrutar de su compañía durante todo el tiempo, ya que el padre solía llegar a casa ya entrada la tarde. Se convirtieron en compañeras de juegos, siempre iban juntas a todas partes, su madre le consentía todos los caprichos y la niña se convirtió en la ilusión de la casa. Sin embargo, el tiempo pasaba también para Ángela que tuvo que empezar el ciclo de estudios que la llevaría a elegir un futuro fuera de la ciudad, en otra provincia, ya que había elegido una carrera nueva que solo se estudiaba en algunas zonas. El hecho de perder a su niña fue un duro golpe para los padres ya que, al estar lejos, tuvo que residir en un colegio mayor y se desplazaba a ver a sus padres y hermanos algunos fines de semana si los estudios se lo permitían.
El tiempo transcurría muy rápido en un ir y venir de los hijos para comer, estudiar y salir; cada vez pasaban menos tiempo con ellos, cosa natural como decía el padre ya que a sus años además de estudiar, tenían que disfrutar de la vida. Carmen empezó a encontrarse sola durante casi todo el día y, pese a que no le faltaba tarea, echaba de menos aquellas infancias lejanas donde todos estaban siempre juntos. Era una sensación extraña, los hijos volaban cada vez con mayor autonomía y dejaban a su paso más soledad.
No era extraño que muchas noches estuvieran cenando solos el matrimonio, viendo un rato la televisión antes de acostarse, y algún hijo llegaba a deshora, cenaba lo que Carmen le había preparado o, por el contrario, venían ya para dormir dejando a su madre con la comida hecha. Ángela empezó a sustituir las venidas con llamadas telefónicas aduciendo que tenía muchos deberes y el viajar cada semana la retrasaba en sus tareas; además estaba integrada en un círculo de amigos y, lógicamente, prefería quedarse con ellos en su tiempo de ocio.
Un desafortunado día Carmen recibió la fatídica noticia de que su marido había fallecido en el trabajo de un infarto fulminante. Asida al teléfono, permaneció un tiempo incapaz de reaccionar, era como si sus pies estuvieran pegados al suelo, su mente se vació un momento, luego colgó el auricular y se sentó en el sillón abatida por el dolor y la inesperada llamada y paralizada por completo. Al cabo de un tiempo supo que estaba sola y tenía que ponerse en movimiento, nadie podía hacerlo por ella, debía llamar a los hijos y al resto de familiares para comunicarles la fatal noticia, hacer los preparativos para el velatorio y posterior funeral; eso era lo prioritario, luego vendría el llanto, la ausencia o el duelo. Ella, una mujer práctica, sabía que lo importante ahora era actuar, después sentir.
El funeral fue multitudinario ya que asistieron, además de familia llegada de otras zonas, todos los compañeros de trabajo, por haberse producido el deceso en circunstancias tan extraordinarias. La casa se llenó de gente y algunos tuvieron que quedarse a pasar la noche ya que vivían lejos; todo fue trabajo para Carmen porque, aunque los hijos pretendían ayudar, ella sola se responsabilizó de la gente hasta que todos se hubieron marchado. Quedaron ella y los hijos, sentados en silencio en el salón, con mil ideas en la cabeza de todos, pero incapaces de decir una palabra; al fin, fue la matriarca quien tomó la palabra. Les dijo que tenían que continuar con sus vidas, que ella se encontraba bien y podría hacer frente a este nuevo estado y les conminó a que no se dejaran abatir y solo recordaran los buenos momentos que habían vivido con el padre.
Por supuesto los hijos reanudaron su vida; sin embargo Carmen se levantaba cada mañana sin aliciente, le costaba arrancar y coger fuerzas para encarar el día, no había derramado una sola lágrima y era consciente de que en algún momento tendría que hacerlo para echar fuera tanto dolor contenido. Solo le consolaba abrir el armario y oler la ropa de su marido porque era como si siguiera vivo, todo estaba impregnado de su aroma característico, una mezcla de loción de afeitado y lavanda. Habían estado muy unidos, se habían querido sin estridencias, con ese amor que no se destiñe con el paso del tiempo, sino que se consolida como las viejas raíces de un árbol maduro y ahora perviviría para siempre.
Así pasaron los años, demasiado rápido, un poco sin sentido para ella que consiguió llorar hasta vaciarse, aunque no solo sollozaba por la ausencia de su marido, también por la casa vacía, porque aún era joven y ya nadie la necesitaba, porque se veía sola en un futuro que no contemplaba amigas ni distracciones ya que su vida había estado demasiado plena con su familia como para ansiar otros entretenimientos. Los hijos le sugerían que saliera de casa, que viajase para conocer gente… pero era demasiado difícil y no se sentía con fuerzas. Lo que sí tenía claro es que no quería ser un estorbo o una preocupación para sus hijos en el futuro; así que, muy en contra de su voluntad, contrató una empleada de hogar más por hacerle compañía que para ayudarla con las tareas domésticas. Se llamaba Elsina, era una mujer todavía joven, dominicana, servicial y de buen trato; salían juntas todos los días por la mañana para hacer la compra o los recados y por la tarde a caminar. Aquella rutina fue despejando a Carmen, conoció rincones de la ciudad que ignoraba y calles por donde nunca había transitado; a veces se sentaban en alguna terraza a tomar un café y charlar de sus cosas, reanudó las charlas con las vecinas y su expresión se fue alegrando un poco.
Cuando los gemelos terminaron sus respectivas carreras y, dado que siempre demostraron ser muy aplicados, pronto les cogió una multinacional donde gozaban de prestigio y muy buenos trabajos. Un día decidieron que querían irse de casa, comprar un apartamento y vivir juntos los dos, aunque esta idea fue descartada cuando Ricardo conoció a la que posteriormente se convertiría en su esposa y se fueron a compartir piso y vida. Adolfo sí compró una casa donde disfrutó su independencia y dos años más tarde Carlos hizo lo propio porque era lógico que quisieran vivir en un entorno particular sin la dependencia de vivir en a la casa familiar.
Ángela, sin embargo, había sido desde pequeña diferente a sus hermanos; ella no había trazado una vida al uso, prefería sorprenderse con nuevos alicientes o con aquello que le deparara la vida a cada momento, sin hacer planes; y fue precisamente siguiendo su destino como le dio a su madre la noticia de que iba a ofrecerse como voluntaria para trabajar con una ONG que estaba haciendo una gran labor en un lugar remoto de África; sus conocimientos le permitían aportar mucho a aquellas gentes y estaba decidida a dar el salto. Así fue como Carmen se vio definitivamente sola, con todos sus hijos fuera de casa. Empezó cerrando sus habitaciones porque le resultaba muy doloroso pasar por delante viendo tantas cámaras vacías; y así también fue como tomó conciencia de que en el futuro su vida se perfilaría en torno a las visitas que le hicieran sus hijos o en disfrutar de los nietos que pudieran tener.
Cuando se quedaba sola, le gustaba sentarse en el viejo sillón junto a la ventana desde donde se veía la calle siempre llena de gente que iba y venía, en todo momento un foco de distracción; a veces leía o gustaba de hacer punto: enormes bufandas y cobertores de diferentes colores que almacenaba celosamente para que su hija los llevara a aquella zona remota tan necesitada de todo. Había alcanzado un grado de aceptación que la satisfacía, estaba a gusto consigo misma, tenía una gran familia que la quería, un hogar para todos y un refugio al que sus hijos podían regresar siempre que quisieran, tenía además la compañía de Elsina, un puñado de buenos recuerdos y salud. Podía decirse que era feliz.
Mª Soledad Martín Turiño