Poesías de la Tierra del Pan


AMOR PATERNO FILIAL


Con cara de ángel y ojos implorantes
miraba el pequeño a su padre enfadado
por la travesura de aquel niño inquieto
al romper un vaso que se hizo añicos
esparciendo el suelo con cristal brillante.

El gesto del niño se tornó en una mueca,
lleno de pucheros, sus ojos bañados
en lágrimas dulces de dolor y angustia;
el padre al verle sin poder remediarlo
lo cogió en sus brazos con gesto sereno,
le secó el sollozo, acarició su rostro
y lo estrechó muy fuerte junto a su pecho.
¡nadie te hará daño mientras estés conmigo!
juró en silencio dándole mil besos.

Pasó y pasó el tiempo, y ambos crecieron
el niño fue hombre, el padre fue viejo,
les devoró la vida, el sinsabor, la pena
y ambos se forjaron en la dura afrenta
de ocultar al otro las heridas abiertas.

Se veían poco y cuando se abrazaban
estrechaban su alma y se fundían juntos
en el amor más puro filial y paterno.
¡qué poco hacía falta para ser felices!,
solo estando cerca se sentían a salvo,
ningún gesto agrio jamás entre ellos
ni una palabra que al otro ofendiera,
eran dos en uno, aun siendo distintos
en edad, oficio y hasta en apariencia.

A veces el padre miraba de soslayo
y reconocía en aquellos luceros
los ojitos tristes del niño pequeño
que lloraban lágrimas sinceras e ingenuas,
aquel sollozo suave que marcó a fuego
en el alma del padre un dolor extraño,
un dolor de entrañas que le carcomía
por ver que su hijo gemía en silencio.

Nadie amó nunca con amor tan grande
como el padre al hijo, como el hijo al padre,
y cuando este fue anciano y casi sin sentidos
halló en el otro el mayor consuelo,
compañía, alivio, bálsamo y entrega
la misma que antaño recibiera el hijo
incondicional del padre, con amor y desvelos.

Mª Soledad Martín Turiño