UNA HISTORIA DE AMOR    (Castronuevo de los Arcos)

Se preguntaba donde había ido aquel amor que tuvo como testigo los aledaños del río Duero, los recovecos del castillo y los bancos de cada jardín de todas las plazas. En aquellos lugares había escuchado las más bellas palabras, esas que salen del corazón ingenuo de alguien que te quiere cuando no hay nada más que arriesgar, cuando todo es sencillo y la vida nos regala la más dulce inocencia.

Eran casi dos niños de apenas dieciocho años que empezaban a descubrir la vida; su amor nació en el instituto, entre libro y examen, entre práctica de laboratorio y recreos; luego paseos, algún cine y un espectáculo en la Plaza Mayor consolidaron a esa pareja que era la viva estampa del amor.

Damián era español, pero la procedencia de sus padres era senegalesa y habían venido de allá hacía muchos años huyendo de su país hasta recalar aquí, en esta Zamora que les acogió no sin un cierto recelo, pero pronto supieron ganarse el aprecio de la gente, porque eran un matrimonio muy trabajador y discreto. El niño nació y fue creciendo, integrándose en la escuela primero y después en el instituto donde conoció a Clara. Ella hacía honor a su nombre, tenía una apariencia angelical, con largo cabello rubio, piel pálida, ojos claros… un contraste demasiado violento con la negrura de él que llamaba poderosamente la atención, aún sin proponérselo. Formaban una pareja peculiar que atraía las miradas de quienes se cruzaban con ellos, y eran conscientes de que su relación constituía un buen tema de conversación y la palabra escándalo para los más retrógrados le venía al pelo.

Ellos, sin embargo, no veían el color de piel porque se miraban en sus ojos y escuchaban sus voces cadenciosas que hablaban de un tímido e incipiente amor; pero todos sabemos que hay que pagar un precio por la felicidad, y ellos no fueron una excepción. Una vez terminaron el instituto, comenzaron sus respectivas carreras: ella en Zamora para ser enfermera; él en Salamanca para estudiar medicina, lo que les propició una lejanía que no era tal porque solo les separaban 60 kilómetros, y todos los fines de semana los pasaban juntos. No obstante, con el tiempo la relación empezó a enfriarse un poco; cada uno conoció e hizo su propio ambiente con personas distintas; deseaban que llegaran las vacaciones y los fines de semana para verse, pero ya no estaban tan centrados el uno en el otro; se profesaban un enorme cariño, pero el amor había dado paso a otro sentimiento.

Durante el tercer año de carrera, Damián conoció a una chica en Salamanca que, curiosamente, procedía también de Senegal; esa casualidad hizo que les unieran mucho sus raíces comunes. Ella estaba sola y había conseguido llegar a España arriesgando el poco dinero que habían reunido sus padres para que saliera del país en busca de un futuro mejor. Tal vez fuera que vio a su amiga desvalida sin nadie que la apoyara, o que los dos se sentían iguales en una sociedad diferente; el caso es que el color de piel en ese caso les unió y él se dio cuenta de que todo sería más fácil con ella que con Clara.

Clara, por su parte, seguía bebiendo los vientos por aquel hombre que un día le presentó a su nueva conquista. Clara conoció a la senegalesa y le pareció una mujer adecuada para él, aunque, al verlos juntos, un dolor afilado le penetró el corazón. Los veía unidos y felices.

Damián y ella se convirtieron en los mejores amigos, se querían, se necesitaban; estuvieron juntos en los mejores y peores momentos y no perdieron nunca el contacto. Cuando terminaron sus respectivas carreras, Clara continuó trabajando en Zamora y él regresó a Senegal para “devolver un poco de lo que había recibido en España” –dijo-. Nunca dejaron de quererse.

Mª Soledad Martín Turiño