SER DE PUEBLO    (Castronuevo de los Arcos)

Me ciega tu sol, el mismo que se extiende sobre los campos que ya verdean, el que anima a salir a las calles o a pasear por los caminos, el que acaricia el rostro y anuncia los cálidos días que están por llegar. El pueblo se desviste de ropajes oscuros y camina más liviano. Dentro de poco empezarán a llegar los forasteros para pasar aquí el verano y los niños llenarán las calles ahora solitarias; los hombres bajarán al café y las mujeres se pondrán al día después de meses sin verse.

El verano es la época ideal para volver a nuestras raíces, en el pueblo siempre encontramos el cobijo, es nuestro hogar, el mismo que nos crio y donde nos sentimos a salvo.

Es cierto que el mundo rural se ha vaciado, que la forma de vida tradicional: agricultura y ganadería, está abocada a desaparecer si no se les presta la atención que merecen; no olvidemos que del sector primario nos alimentamos, es básico y debería ser considerado y mantenido como tal, ya que en nuestra tierra zamorana apenas hay industria que dé trabajo a los jóvenes evitando que se vayan a otros lugares donde puedan encontrar un futuro mejor.

De todas formas, a pesar del silencio que reina en estas viejas villas, a pesar de las casas cerradas y la poca gente que las habita; el sol es el mismo de antaño, el río, la iglesia, el terraplén y el cementerio siguen ahí, sin cambios, como siempre, y en esa persistencia radica su mayor encanto; aunque es cierto que me atribula un hondo sentimiento de pesar cuando recorro pueblo tras pueblo sin escuchar siquiera el ladrido de un perro, ni ver un triste gato que pasee por el tejado. Esa soledad que siempre fue un atractivo para mí se ha convertido ahora en una desolación solo paliada en determinadas fechas del calendario, cuando regresan los hijos del pueblo unos días.

El camposanto rebosa y han tenido que hacer una ampliación, ya que las personas mayores fallecen sin cesar y el sitio se quedaba pequeño. Me gusta visitar a mis antepasados que descansan aquí, me reconforta visitarles en silencio, uno tras otro, porque casi todos los vecinos somos parientes y este cementerio es el mejor árbol genealógico para no olvidar los orígenes.

Hubo un tiempo en el que “ser de pueblo” equivalía a un insulto, a ser un paleto, un provinciano, dicho siempre con acritud y un gesto despectivo. Recuerdo que tuve que soportar esos descalificativos cuando llegué al norte, fruto del éxodo que muchos padecimos en los años 60. Yo, sin embargo, miraba a aquellos pobres muchachos que pretendían herir con tales palabras y secretamente les compadecía porque no sabían de qué hablaban y me enorgullecía de mis orígenes porque había leído mucho a Delibes y comulgaba plenamente con sus asertos; porque como él decía: “en Castilla, ser de pueblo es una cosa importante. Después de todo, el pueblo permanece y algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos. En las ciudades se muere uno del todo; en los pueblos, no; y la carne y los huesos de uno se hacen tierra, y si los trigos y las cebadas, los cuervos y las urracas medran y se reproducen es porque uno les dio su sangre y su calor y nada más”.

Así pensaba y sigo haciéndolo del mismo modo; me siento orgullosa de haberme criado en una villa zamorana porque aquel influjo ha sido determinante en mi vida y aquellos orígenes han marcado a fuego una forma de ser, de querer a la tierra de donde se proviene y de tener orgullo de pertenencia. Eso es algo que aquellos mozos imberbes siempre desconocerán.

Mª Soledad Martín Turiño