PASADO Y PRESENTE    (Castronuevo de los Arcos)

Pasado y presente se conjugan inevitablemente; no puedo evitar pensar en aquellos antepasados que solo visitaban Zamora en ocasiones especiales, y me apena pensar que pasaran una vida entera en aquel pequeño pueblo, sin salir de los estrechos márgenes que tanto amaban, y que se perdieran la belleza que les regalaría la ciudad.

Recuerdo a mi abuelo y otros parientes que iban a las ferias de ganado cuando Zamora no era tan bella ni estaba tan cuidada como ahora; y muchos años después rememoro a mis padres cuando se acercaban a la capital durante el mes de agosto a abastecerse de provisiones para llevar a casa de los abuelos y, de paso, pasar el día en la urbe: mercado y churros por la mañana, después alguna fruslería, parada obligada en Quintas porque siempre había algún detalle que comprar, comida en el restaurante cercano al Ayuntamiento, y una película antes de regresar de nuevo al pueblo. Aquellos días eran especiales para mí, adornaban mi infancia y ponían un broche de oro a la recortada estancia veraniega en esta tierra de la que nunca quise salir.

Evocaciones que perduran toda la vida, aunque se tratara de jornadas sencillas en compañía de mi familia, actividades triviales en las que tampoco faltaba la visita a los Almacenes García Casado, en la confluencia de San Torcuato y Santa Clara, para comprar hilos, lanas, telas y el material necesario para hacer la costura que estuviera de moda ese año, labores que enseñaban las Cátedras ambulantes de la Sección Femenina a las mujeres del pueblo y que luego mis vecinas nos adiestraban a mi madre y a mí para que, al final, fuera yo la encargada de bordar manteos, mantelerías o lo que estuviera de moda en ese año.

Me vienen a la mente aquellos meses de agosto, año tras año, en los que veo imágenes de mujeres de luto en pleno verano, con manga larga y medias tupidas a pesar de los rigores de un calor asfixiante; hombres que iban y venían al campo, a cazar o a pasar un rato en el café antes de atender a los animales domésticos; niños felices que correteaban por las calles sin peligro alguno; el tañido de las campanas cada tarde llamando a rezar el rosario…con un paréntesis especial para la celebración de la fiesta patronal, lugar obligado de cita en la misa de doce, los saludos posteriores de los hijos del pueblo que regresaban al pueblo a ver a los padres; las visitas a la familia después de misa, por la tarde el juego de pelota y la vaquilla y, ya por la noche, el ansiado baile que nos haría soñar con idilios de juventud que luego se llevaría el viento, pero, sobre todo, recuerdo aquella sensación de libertad que impregnaba cada momento, el desperezar de los sentidos y una alegría infinita.


Mª Soledad Martín Turiño