LOS CAMPOS DE MI TIERRA    (Castronuevo de los Arcos)

Recuerdo que de niña me gustaba acompañar a mi tío Santos cuando iba a las tierras; sus ojos transmitían una enorme ilusión viendo crecer las espigas de trigo o cebada, los maizales altos y espesos, o la remolacha teñida de aquel verdor que emanaba frescura y vida.

Le pregunté de quien eran un par de árboles frondosos que se veían al final de la llanura silueteando el horizonte. Me dijo que la Unión Europea les obligaba a plantarlos y así lo había hecho él hacía años; no me pareció mala idea. Las tierras llanas son, para mi gusto, todo un espectáculo, pero divisar de vez en cuando algún árbol que rompa esa linealidad, resulta muy grato.

Hablamos durante largo rato porque él me trataba como si fuera una persona adulta, aunque era más bien una adolescente curiosa que se interesaba por los sembrados y por todo lo relacionado con la vida agraria. Me dijo que ya entonces empezaban a sufrir las imposiciones de la Unión Europea, que les habían obligado a plantar algo llamado triticale, un híbrido entre trigo y centeno. Daba pena contemplar aquellas espigas tan livianas, tan poca cosa, que se supone que solo valían para forraje animal, pero no debieron tener mucho éxito, porque los agricultores lo plantaron obligados, y dado su fracaso, al cabo de poco tiempo dejaron de hacerlo.

Luego llegarían imposiciones todavía más agresivas, menos ayudas para el sector agrícola y ganadero, más exigencias y controles con las que el PAC solo podía estar en desacuerdo. Poco a poco agricultores y ganaderos fueron menguando en los pocos pueblos habitados de la provincia de Zamora; concentraron a los animales en macrogranjas y las tierras las siguen labrando los pocos campesinos que aún quedan en los pueblos, porque les gusta el campo y no han sucumbido a la tentación de instalase en la ciudad.

En la actualidad estamos padeciendo unos recortes que, unidos a la burocracia extrema, a la competitividad con un gigante como Mercosur, los labradores y ganaderos pierden más que ganan porque España importa de otros países que venden más barato sin pasar los controles obligados y aunque nuestros productos garanticen su calidad, sin embargo en las tiendas la gente compra más barato y eso hace que el agricultor zamorano pierda cada vez más recursos; esto unido a las sequías, incendios y cambios climatológicos tan extremos, han hecho que muchas cosechas se estropeen y mueran antes de nacer, provocando una ruina considerable para el sector agrario al que este gobierno no tiene pretensión alguna de ayudar ni favorecer.

Parece que son más importante los campos zamoranos sembrados de placas fotovoltaicas, aunque eso conlleve la despoblación rural, o rete al medio ambiente en una deliberada escalada de olvido al mundo agroganadero.


Mª Soledad Martín Turiño