EL VALDERADUEY DE CASTRONUEVO    (Castronuevo de los Arcos)

Mi Valderaduey se queja porque nadie va a acompañar sus aguas. Fue noticia cuando las lluvias provocaron una crecida, y el rio tuvo que luchar como buenamente pudo por seguir el cauce que se angostaba a causa de una vegetación que entorpece cada vez más su discurrir; así que, en algunos puntos se salía de su cuenca como un niño perdido hasta encontrar el camino.

Ahora, pasado ya el aguacero, retorna a su normalidad; le asfixian los juncos, cañas, carrizos y otras plantas que buscan la frescura adentrándose en el regato. Ya nadie se baña en el Valderaduey; si acaso, en el ocioso verano, algunos chavales se atreven a adentrarse en el fango para jugar con el agua y, en la época de cangrejos, todavía quedan vecinos que hunden sus garlitos para llevar a casa el preciado crustáceo y hacer una buena cazuela.

Pero ahí sigue, sin cuidados, sin que nadie le quite las telarañas, sin que se ocupen de él. Cada vez que visito Castronuevo, no dejo de ir a saludarle; paseo por su orilla como hacía de joven, le miro hasta saciarme, contemplo como el sol incide sobre el agua filtrándose a través de finas telarañas, o algún insecto minúsculo que pendulea de rama en rama, y aspiro el aroma a vida que transmite la tierra húmeda.

El río ha sido fundamental para regar los campos que le rodean, y fue importante antaño cuando las mujeres bajaban a lavar la ropa, en grupo, y luego la tendían sobre las cañas mientras ellas aprovechaban para mojarse los pies esperando que se secara.

Tengo recueros imborrables de este Valderaduey que tanto acompañó mi infancia y adolescencia, ya fuera cuando le visitaba o mientras le observaba desde lo alto de la villa. Fue el confidente de mis cuitas jóvenes, de mis amores tempranos, del primer llanto, de la ilusión inicial, de silencios y ecos. Muchas veces, ya alejada del pueblo, lo echaba en falta y me refugiaba en la memoria para regresar una vez más a su orilla y, sentada en una piedra, leer un libro con el rumor de la corriente como música de fondo, mientras el sol acariciaba mi cuerpo con una cálida ternura.

Hoy, transcurridos los años, el Valderaduey a su paso por mi pueblo, me sigue conmoviendo con un hondo vínculo. Allí sigue, esperando que le arreglen el cauce, le desbrocen la maleza que le oprime y que le confieran la importancia que le han negado desde hace mucho tiempo; sus habitantes se lo deben porque el río ha sido fuente de riqueza para sus campos y su vida

Decía, con gran acierto el dramaturgo alemán Bertolt Brecht: “al río que avanza y destruye todo a su paso, lo calificamos de violento; pero nadie llama violentas a las márgenes que lo aprisionan”.

Mª Soledad Martín Turiño