EL CURICA
La madre, que es joven, empuja la vida
una vez y otra y ya en la salida
corona el principio de un ser que aparece:
un niño rollizo que llega a este mundo.
Su madre en el rostro la pálida muerte,
ríos escarlata salen de su cuerpo
¡llamen a la madre, la hija se muere!.
Cuando llega la madre, su rostro agotado
mira el de su hija sin ver al pequeño;
la madre es abuela y la joven fue madre
escasos minutos para ser consciente.
La madre-abuela se acerca al pequeño,
le mira muy seria y suenan los sollozos,
le toma en sus brazos y así, poco a poco,
los años transcurren con pena y sin gloria.
Al niño lo llevan hasta el seminario
y al cabo de años regresa un curica
bueno al que todos quieren
y él por el pueblo siempre se desvive:
ayuda a los viejos, acompaña a todos
y de todos está pendiente.
En el pueblo le quieren y al curica llaman
siempre que algo malo acontece.
Un mal día de invierno el curica sale
ahíto y doliente del cementerio,
enterró a su madre, a su madre-abuela
y a su abuela-madre.
Ya fuera, la verja se cierra y dentro se quedan
solo los muertos como ha sido siempre.
En señal de respeto el curica se para un momento,
mira al cielo y alguien detrás dice:
¡qué solo se queda ahora el señor cura!
y todos a una, porque fue todo el pueblo,
dicen: “solo no estará nunca,
estamos nosotros para cobijarle
como él tantos años hizo por el pueblo”.
Al señor cura las lágrimas le ciegan los ojos,
le nubla el pensamiento ver gente tan buena,
les mira, sonríe y da las gracias,
sabe que es suficiente.
Mª Soledad Martín Turiño