ZAMORA

Desde lo alto de esta muralla,
junto a la pequeña ermita trasnochada
pero no por ello menos bella,
me siento a disfrutar del tibio sol
que acaricia con luz propia esta mañana.
¡Qué bonita está Zamora en este día
que se abre a la primavera, y nace un poco
con gestos renovados y ramas en los árboles
que atraen los pájaros para regresar rondando
las calles y el aire de mi tierra!

Allá abajo el Duero tan hermoso
discurre con una apacible gracia,
se llega al el puente de piedra o al más nuevo
y con querencia de amante, los baña
mientras forma una pequeña isleta
refugio de cigüeñas y otras aves
que huyen de la ciudad y se remansan
esperando en una bella vista
hasta que de nuevo levantan el vuelo.
Vienen al abrigo de las aguas
para obtener su alimento entre los juncos,
que portan después hasta los nidos
donde esperan sus hambrientos polluelos.

El río es belleza, fuente de vida, estampa
y seña de identidad de esta ciudad querida
antaño importante en la comarca
y ahora reducto de un antiguo abrigo
de conquistas, palacios y glorias encarnadas
en las mil y una imágenes que enseñan
con doctrina sencilla una gloria pasada.

Regreso a esta Zamora de mis sueños,
camino entre sus calles silenciosas,
y descubro cada día nuevos lugares,
rincones nuevos donde perderse en la nostalgia.

La ciudad es tan bella, tan pequeña,
tan ajena a conflictos, tan poco visitada
que huyo a ella para escapar del mundo
y refugiarme en el manto protector de su morada.


Mª SOLEDAD MARTIN TURIÑO