NEVADA EN LA CIUDAD

El aire trae un aroma a recuerdo
vago de otras vidas vividas,
caen los párpados bajo el peso del ensueño
soporífero de tanta nada,
se atenúa la sonrisa en una mueca triste
afligiendo las miradas furtivas que recelan
por ver a alguien abatido,
como si para ellos no cupiera la pena
más que en un dedal con agujeros.

Ha empezado a nevar tan dócilmente
que la lluvia impedirá cuajar la nieve;
el aire es frío, curte la piel blanda
y penetra impenetrable hasta los tuétanos;
la gente que camina es obligada,
hoy es día de camilla, café y manta
para apaciguar el desaliento
y resguardar los rescoldos de la nada.

Las enormes chimeneas de las casas
sudan calor elevando al cielo sus vapores,
la ciudad es más gris, más taciturna
desatendida por el sol que todo calma,
pero va engullendo a pesar de todo
viandantes y vehículos en un torbellino
de inmolación sin cesar ni esperanza.

No hay desagravio en este lúgubre agujero
que es la ciudad,
¡qué diferente al cielo de mi pueblo, a la tierra,
o a la vida austera que respira savia
pese al cielo inclemente!.

Se acostumbra el labriego a no tener nada,
más que cielo y campo como únicas posesiones
y conoce, goza, saborea y palpa
cada alteración del tiempo
como un anhelante oscilar
de las estaciones a las que es ajeno.


Mª Soledad Martín Turiño