AL ALBA

Asoma el sol naciente desde el horizonte
vestido con un aura escarlata y cándida
que crece despacio hasta alcanzar el éxtasis
de un arrebol solitario que se pierde en el orbe.

Sentado en lo alto de esta villa
que apenas es ya un breve montículo,
miro con arrobo el espectáculo
y dos lágrimas resbalan por mis mejillas.

Es el milagro de la vida que se renueva siempre
en el nacer y morir de cada día,
me siento niño y viejo al mismo tiempo,
pleno de ternura y conmovido tanto
que hasta la piel se eriza y una convulsión
inesperada me recorre el alma.

Se va la vida tan veloz como esa agua
que no puede retenerse en cesta alguna,
destilando por rendijas su oro líquido
que cae al barro y desaparece rauda.

Ahora que las canas pueblan mis sienes
y se tornan flácidos los miembros,
ahora que las arrugas envejecen mi rostro
y solo espero ya mi último aliento,
acudo cada tarde a esta cita
del nacer y sentir, y renazco y siento.

Me asusto del amor que no hallé un día,
me congratulo de las buenas gentes
que asomaron a la puerta de mi existencia,
me conduelo con la tibieza del recién nacido
y me duelo con el viejo que soy y no recuerdo.

¡Quién iba a decirme un día
que sería uno más, uno de tantos
sin descollar en inventos ni en sabiduría,
abono tan solo con que cultivar la tierra
de mi amado pueblo donde regresaré un mañana
para cumplir el objetivo tantas veces buscado
de morar para siempre en aquella tierra
que marcó con sangre y fuego toda mi vida!

Mª Soledad Martín Turiño